Casa desolada

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El día designado llegó la señorita Flite. La pobrecilla entró corriendo en mi habitación, olvidándose totalmente de su habitual dignidad, y gritando desde el fondo de su corazón: «¡Mi querida Fitz-Jarndyce!», se me lanzó al cuello y me besó veinte veces.

—¡Dios mío! —dijo llevándose la mano al ridículo—, no llevo más que documentos, mi querida Fitz-Jarndyce; tengo que pedirle prestado un pañuelo. Charley le pasó uno, y aquella buena mujer desde luego lo necesitaba, porque se lo llevó a los ojos con ambas manos y se quedó sentada, derramando lágrimas durante los diez minutos siguientes.

—Es la alegría, mi querida Fitz-Jarndyce —explicó cuidadosamente—. No tengo el menor pesar. La alegría de volverla a ver recuperada. La alegría de tener el honor de que se me permita verla a usted. Hija mía, le tengo a usted mucho más cariño que al Canciller. Aunque es verdad que acudo regularmente al Tribunal. A propósito, querida mía, hablando de pañuelos…

Y entonces la señorita Flite miró a Charley, que había ido a recibirla al punto de parada de la diligencia. Charley me lanzó una mirada, y pareció que no sentía deseos de hacer caso de la sugerencia.


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