Casa desolada
Casa desolada Decidimos una fecha para que viniera la señorita Flite en la diligencia a compartir mi tempranera cena. Cuando se marchó mi Tutor, apoyé la cabeza en el sofá y recé para que se me perdonara si, pese a estar rodeada de tantas bendiciones, me había exagerado a mí misma la pequeña prueba que había tenido que sufrir. Me volvió a la mente la oración infantil de aquel antiguo cumpleaños, cuando había aspirado a ser industriosa, alegre y leal, y hacerle algo de bien a alguien, y lograr que alguien me quisiera, con una sensación de reproche al recordar de cuanta felicidad había gozado desde entonces, y todos los corazones afectuosos que se habían vuelto hacia mí. Si ahora me mostraba débil, ¿de qué me habían servido todas aquellas bendiciones? Repetí la vieja plegaria infantil con sus viejas palabras infantiles y vi que no había perdido su vieja capacidad para tranquilizarme.
Ahora mi Tutor venía a verme todos los días. Al cabo de una semana o poco más, yo podía pasearme por nuestras dos habitaciones y sostener largas conversaciones con Ada, desde detrás de la cortina de la ventana, pero nunca la veía, porque todavía no me atrevía a mirar aquella cara tan bienmandada, aunque hubiera podido hacerlo fácilmente sin que ella me viera a mí.