Casa desolada
Casa desolada Mi tesoro iba a llegar a las cinco de la tarde. No se me ocurrió mejor forma de pasar el tiempo que faltaba hasta entonces que darme un largo paseo por el mismo camino por el que llegaría ella; así que Charley y yo, con Stubbs (con Stubbs ensillado, porque nunca volvimos a engancharlo después de aquella célebre ocasión), hicimos un largo recorrido por allí, y volvimos a casa. A nuestro regreso efectuamos una inspección general de la casa y el jardín, vimos que todo estaba más bonito, y pusimos a mano al pájaro, pues era una parte importante de nuestro pequeño grupo.
Todavía quedaban más de dos horas antes de su llegada, y en aquel intervalo, que parecía largo, debo confesar que me sentí preocupada y nerviosa por mi nuevo aspecto. Quería tanto a mi niña, que me sentía más preocupada por el efecto que pudiera tener en ella que en ninguna otra persona. Si tenía este leve disgusto no era porque me quejara en absoluto (estoy segura de que no me quejaba nada, aquel día), sino porque me preguntaba si ella estaría totalmente preparada. Cuando me viera por primera vez, ¿no se sentiría impresionada y desilusionada? ¿No resultaría peor incluso de lo que se esperaba? ¿No esperaría ver a su antigua Esther, sin encontrarla? ¿No tendría que volver a acostumbrarse a mí y volverlo a empezar todo?