Casa desolada
Casa desolada —Estoy convencida —dije levantándome—, y se lo agradezco mucho. ¡Caddy, hija mÃa, estoy lista!
Volvió la madre del señor Guppy con Caddy (y esta vez me hizo a mà la destinataria de sus risas silenciosas y de sus codazos) y nos despedimos. El señor Guppy nos acompañó a la puerta con un aire como de quien está medio dormido o sonámbulo, y allà lo dejamos contemplándonos.
Pero al cabo de un minuto vino detrás de nosotras sin haberse puesto el sombrero y con sus largos cabellos al viento y nos detuvo, diciendo fervientemente:
—Señorita Summerson, por mi honor y por mi alma que puede usté confiar en mÃ.
—Y confÃo —le dije—, confÃo totalmente.
—Perdóneme usté, señorita —dijo el señor Guppy, apoyándose primero en una pierna y luego en otra—, pero como está presente esta señora…, su propio testigo…, quizá se sintiera usté más satisfecha (pues deseo que quede usté tranquila), si repitiera usté lo que reconoció hace un rato.
—Bien, Caddy —dije volviéndome hacia ésta—, quizá no te sorprenda saber que nunca ha existido compromiso…
—Ni proposición ni promesa de matrimonio alguna —sugirió el señor Guppy.
—Ni proposición ni promesa de matrimonio alguna —dije— entre este caballero…