Casa desolada

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Cuando entran los visitantes, el señor Smallweed y Judy se cruzan simultáneamente de brazos y cesan en su búsqueda.

—¡Ajá! —grazna el anciano caballero—. ¡Cómo estamos, señores, cómo estamos! ¿Ha venido usted a buscar sus pertenencias, señor Weevle? Muy bien, muy bien. ¡Ja! ¡Ja! Si las hubiera usted dejado mucho tiempo más habríamos tenido que venderlas, caballero, para pagar los gastos de almacenaje. Se siente usted en su propia casa, ¿a que sí? ¡Me alegro de verle, me alegro de verle!

El señor Weevle le da las gracias y echa una ojeada a su alrededor. La mirada del señor Guppy sigue a la del señor Weevle. La mirada del señor Weevle vuelve atrás sin haber encontrado nada. La mirada del señor Guppy vuelve atrás y se encuentra con la del señor Smallweed. El simpático anciano sigue murmurando, como un instrumento cuya cuerda se estuviera acabando: «Cómo estamos, caba…, cómo esta…». Y cuando se le acaba la cuerda del todo cae en un silencio sonriente, momento en el que el señor Guppy siente un sobresalto al ver al señor Tulkinghorn, que está de pie en las tinieblas del fondo, con las manos a la espalda.

—El caballero ha tenido la amabilidad de constituirse en mi abogado —dice el Abuelo Smallweed—. ¡No soy yo cliente digno de un caballero de tamaña distinción, pero ha sido muy amable conmigo!


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