Casa desolada
Casa desolada —Lady Dedlock, tenÃa que comunicarle a usted que la conocÃa.
—¿Cuánto tiempo hace que la conoce?
—La sospecho desde hace mucho tiempo; la conozco completamente desde hace muy poco.
—¿Unos meses?
—Unos dÃas.
Se queda en pie ante ella, con una mano en el respaldo de una silla y la otra entre su chaleco anticuado y la pechera de la camisa, en la postura que siempre ha adoptado ante ella desde el dÃa en que se casó. La misma cortesÃa formal, la misma deferencia compuesta, que igual podrÃa ser un gesto de desafÃo; todo el hombre es el mismo objeto oscuro y frÃo, y se mantiene a la misma distancia, que nada ha disminuido jamás.
—¿Es verdad lo que ha dicho de la pobre muchacha?
Él se inclina levemente y baja la cabeza, como si no acabara de comprender la pregunta.
—Ya sabe usted lo que ha relatado. ¿Es verdad? ¿También los amigos de ella saben mi historia? ¿Es ya objeto de chismorreo? ¿Es algo que escriben por las paredes y pregonan por las calles?