Casa desolada

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Lo que más nos atraía era el gran buque de las Indias, porque había llegado aquella misma noche a los Downs. Estaba rodeado de lanchas, y comentamos cómo se debía de alegrar la gente de a bordo de llegar a tierra. Charley también sentía curiosidad acerca del viaje y del calor de la India, y las serpientes y los tigres, y como absorbía toda la información al respecto mucho mejor que la gramática, le dije todo lo que sabía sobre aquellos temas. También le conté cómo a veces la gente que hacía esos viajes naufragaba y se quedaba en una isla, donde los salvaba la intrepidez y la humanidad de un hombre. Y cuando Charley me preguntó cómo podía ocurrir eso, le expliqué cómo habíamos sabido de un caso así en nuestra propia casa.

Había yo pensado en enviar a Richard una nota para decirle que había llegado, pero ahora parecía mejor ir a verlo sin ningún preparativo. Como él vivía en el cuartel, dudé un poco si sería viable, pero salimos de reconocimiento. Al atisbar por la puerta del cuartel, vimos que a aquella hora de la mañana todo estaba tranquilo, y pregunté dónde vivía Richard a un sargento que estaba en los escalones del cuerpo de guardia. Envió a uno de sus hombres a que me enseñara, y éste subió unas escaleras austeras, llamó a la puerta con los nudillos y se fue.

—¿Qué pasa? —gritó Richard desde dentro.


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