Casa desolada

Casa desolada

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Entonces dejé a Charley en el pasillo, avancé hacia la puerta entreabierta y dije:

—¿Puedo entrar, Richard? No es más que la señora Durden.

Él estaba sentado a una mesa, escribiendo, en medio de una gran confusión de ropa, cajas de hojalata, libros, botas, cepillos y portamantas, todo tirado por el suelo. Estaba a medio vestir —y observé que de paisano, no de uniforme—, con el pelo despeinado, y tenía un aspecto tan desordenado como su alojamiento. Todo aquello lo vi después de que él me diera una bienvenida cariñosa y me hiciera sentarme a su lado, porque al oír mi voz levantó la cabeza y me dio un rápido abrazo. ¡Mi querido Richard! Conmigo era igual que siempre. Hasta el final —¡ay, pobre muchacho!— siempre me recibió con algo de su vieja actitud alegre y juvenil.

—Cielo santo, mujercita —exclamó—, ¿cómo es que has venido aquí? ¡Quién se iba a imaginar que ibas a venir! ¿No pasa nada? ¿Ada está bien?

—Perfectamente. ¡Más guapa que nunca, Richard!

—¡Ah! —dijo, reclinándose en la silla—. ¡Pobre primita mía! Te estaba escribiendo, Esther.

¡Qué fatigado y preocupado parecía, incluso en toda la plenitud de su juventud agraciada, reclinándose en la silla y arrugando en la mano aquella página escrita con líneas apretadas!


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