Casa desolada
Casa desolada —Y después de haberte tomado la molestia de escribir todo eso, ¿no voy a leerlo después de todo? —pregunté.
—Ay, querida mÃa —me respondió con un gesto sin esperanza—, lo puedes leer en toda esta habitación. Está escrito por todas partes.
Lo amonesté blandamente para que no se pusiera tan desanimado. Le dije que me habÃa enterado por casualidad de que tenÃa problemas y habÃa venido a consultarle qué era lo que más convenÃa hacer.
—Es muy propio de ti, Esther, pero inútil, asà que es impropio de ti —me dijo, con una sonrisa melancólica—. Hoy salgo de permiso, tendrÃa que marcharme dentro de una hora, y todo es para disimular que voy a vender mi despacho de oficial. ¡Bueno! Lo pasado, pasado está. De manera que esta vocación mÃa sigue el ejemplo de todas las demás. Ya sólo me falta haberme hecho clérigo para haber recorrido todas las profesiones.
—Richard —invoqué—, ¡no estarán tan desesperadas las cosas!