Casa desolada

Casa desolada

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—¡No, señora Durden! Hay dos temas que prohibo, que estoy obligado a prohibir. El primero es John Jarndyce. El segundo, ya lo sabes. Dime que estoy loco, y te digo que ya no puedo impedirlo, que no puedo estar cuerdo. Pero no es eso; es lo único a lo que puedo dedicarme. Es una pena que se me convenciera para salirme de mi camino y tomar otro. ¡Sería más lógico abandonarlo ahora, al cabo de todo el tiempo, las preocupaciones y los dolores que le he consagrado! ¡Ah, sí, sería más lógico! Y además sería lo que desearía más de una persona, ¡pero no voy a hacerlo!

Estaba de tal humor que consideré mejor no aumentar su determinación (si es que algo podía aumentarla) oponiéndome a él. Saqué la carta de Ada y se la puse en la mano.

—¿Tengo que leerla ahora mismo? —preguntó.

Cuando le dije que sí, la puso en la mesa y, apoyándose la cabeza en una mano, empezó a leerla. No llevaba mucho tiempo de lectura cuando se llevó ambas manos a la cabeza, para que no le pudiera yo ver la cara. Al cabo de un rato se levantó, como si tuviera mala luz, y se acercó a la ventana. Allí terminó de leerla, dándome la espalda, y cuando la terminó y la volvió a doblar, se quedó un momento allí con la carta en la mano. Cuando volvió a su silla, vi que tenía lágrimas en los ojos.


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