Casa desolada

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—Naturalmente, Esther, ¿sabrás lo que dice aquí? —me preguntó con voz más tranquila, y al preguntármelo besó la carta.

—Sí, Richard.

—Me ofrece —continuó, golpeando el suelo con el pie— la pequeña herencia que tiene asegurada dentro de poco (tanto y tan poco como lo que he despilfarrado yo), y me pide y me ruega que la acepte, que ponga mis asuntos en orden con eso y que permanezca en el servicio.

—Yo sé que su mayor deseo es tu bienestar —le dije—, y, Richard, querido mío, Ada es una persona de corazón nobilísimo.

—De eso estoy seguro. Yo…, ¡ojalá me hubiera muerto!

Volvió a la ventana, descansó un brazo en ella y apoyó en él la cabeza. Me afectó mucho verlo así, pero como esperaba que se fuera relajando, permanecí en silencio. Mi experiencia era muy limitada; no estaba preparada en absoluto para que saliera de aquel estado de ánimo con nuevas manifestaciones de ser él el ofendido.


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