Casa desolada
Casa desolada —El aceptar este ofrecimiento, mi querida Esther —me dijo, sentándose a mi lado y reanudando nuestra conversación— (y una vez más, te lo ruego, perdóname, lo siento muchÃsimo), el aceptar el ofrecimiento de mi querida prima es imposible, huelga decirlo. Además, tengo cartas y documentos que podrÃa mostrarte y que te convencerÃan de que aquà estoy acabado. Créeme que he acabado con la casaca roja. Pero sà es una cierta satisfacción que en medio de mis problemas y mis perplejidades pueda saber que al defender mis intereses, también estoy defendiendo los de Ada. Vholes está arrimando el hombro, y no puede evitar arrimarlo tanto por ella como por mÃ, ¡gracias a Dios!
SurgÃan en él esperanzas optimistas que le iluminaban el rostro, pero para mà aquello imprimÃa en su cara un tono más triste que antes.