Casa desolada

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En consecuencia, al final me vi obligada a preguntar a Richard si le importaría convencerme de que efectivamente él había terminado con todo aquello, como me había dicho, y si no sería más que una impresión. Me enseñó sin titubear una correspondencia en la cual quedaba perfectamente en claro que su retiro estaba organizado. Averigüé, por lo que me dijo, que el señor Vholes tenía copias de aquellos documentos y que había estado en consulta con él todo el tiempo. Salvo averiguar aquello y llevarle la carta de Ada, y ser (como iba a ser) la acompañante de Richard en su viaje de vuelta a Londres, no había logrado nada con mi desplazamiento. Lo reconocí ante mí misma de mala gana; le dije que me iría a mi hotel a esperarlo hasta que él viniera a buscarme, de manera que se puso una capa sobre los hombros y me acompañó a la puerta, y Charley y yo volvimos por la playa.

En un punto de ésta había un grupo de gente en torno a unos oficiales de la marina que estaban desembarcando de una lancha y que los rodeaban con grandes muestras de interés. Dije a Charley que debía de ser uno de los botes del gran buque de las Indias, y nos detuvimos a mirar. Los caballeros fueron llegando lentamente desde la orilla, hablándose en tono bienhumorado entre sí y con la gente que los rodeaba, y mirando en su derredor como si celebrasen estar otra vez en Inglaterra.


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