Casa desolada
Casa desolada —¡Charley, Charley! —dije—. ¡Vámonos! —y me eché a correr a tal velocidad, que mi doncellita se quedó sorprendida.
Hasta que llegamos a nuestra habitaciĂłn-camarote y tuve tiempo de recuperar el aliento, no empecĂ© a pensar en por quĂ© me habĂa echado a correr asĂ. HabĂa reconocido que una de aquellas caras tostadas por el sol era la del señor Allan Woodcourt, y habĂa temido que me reconociera. No querĂa que viese cĂłmo habĂa cambiado yo de aspecto. Me habĂa visto tomada por sorpresa y me habĂa fallado el valor.
Pero comprendĂa que eso no estaba bien, y me dije: «Hija mĂa, no hay motivo (no hay ni puede haber motivo) para que esto te resulte peor ahora que en otras ocasiones. Hoy eres la misma que hace un mes; no eres ni peor ni mejor. Esto no es digno de tus resoluciones; ¡recuĂ©rdalas, Esther, recuĂ©rdalas!». Me sentĂa muy temblorosa con tanta carrera, y al principio no logrĂ© calmarme, pero fui poniĂ©ndome mejor, y celebrĂ© comprenderlo.
El grupo llegĂł al hotel. Los oĂ hablar en la escalera. Estaba segura de que eran los mismos caballeros, porque reconocĂ sus voces… Es decir, reconocĂ la del señor Woodcourt. Yo seguĂa prefiriendo, con mucho, marcharme sin darme a conocer, pero estaba decidida a no hacerlo. «¡No, hija mĂa, no! ¡No, no, no!».