Casa desolada

Casa desolada

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¡Charley, Charley! —dije—. ¡Vámonos! —y me eché a correr a tal velocidad, que mi doncellita se quedó sorprendida.

Hasta que llegamos a nuestra habitación-camarote y tuve tiempo de recuperar el aliento, no empecé a pensar en por qué me había echado a correr así. Había reconocido que una de aquellas caras tostadas por el sol era la del señor Allan Woodcourt, y había temido que me reconociera. No quería que viese cómo había cambiado yo de aspecto. Me había visto tomada por sorpresa y me había fallado el valor.

Pero comprendía que eso no estaba bien, y me dije: «Hija mía, no hay motivo (no hay ni puede haber motivo) para que esto te resulte peor ahora que en otras ocasiones. Hoy eres la misma que hace un mes; no eres ni peor ni mejor. Esto no es digno de tus resoluciones; ¡recuérdalas, Esther, recuérdalas!». Me sentía muy temblorosa con tanta carrera, y al principio no logré calmarme, pero fui poniéndome mejor, y celebré comprenderlo.

El grupo llegó al hotel. Los oí hablar en la escalera. Estaba segura de que eran los mismos caballeros, porque reconocí sus voces… Es decir, reconocí la del señor Woodcourt. Yo seguía prefiriendo, con mucho, marcharme sin darme a conocer, pero estaba decidida a no hacerlo. «¡No, hija mía, no! ¡No, no, no!».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker