Casa desolada
Casa desolada Me desaté las cintas del sombrero y me levanté el velo a medias (creo que quiero decir que lo dejé medio bajado, pero poco importa), y escribí en una de mis tarjetas que me hallaba allí, por casualidad, con el señor Richard Carstone, y se la hice llegar al señor Woodcourt. Éste subió inmediatamente. Le dije que celebraba encontrarme por casualidad entre las primeras personas que le daban la bienvenida a su regreso a Inglaterra. Y vi que me compadecía mucho.
—Desde que nos dejó usted, señor Woodcourt, ha tenido usted un naufragio y sufrido muchos peligros —le dije—, pero no podemos calificar todo eso de desgracia cuando le ha permitido ser tan útil y tan valiente. Lo hemos leído todo con gran interés. La primera noticia me llegó por su vieja paciente, la pobre señorita Flite, cuando me estaba recuperando de mi grave enfermedad.
—¡Ah, la pequeña señorita Flite! —comentó él—. ¿Sigue igual?
—Exactamente igual.
Ahora me sentía tan confiada, que no me importaba el velo, y lo dejé a un lado.
—Es maravilloso lo agradecida que le está, señor Woodcourt. Es una persona de lo más afectuoso, y le aseguro que tengo motivos para saberlo.