Casa desolada

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Por consiguiente, no es mucho lo que Lady Dedlock, sentada en su silla, podría desear ver por la ventana ante la que está el señor Tulkinghorn. Y sin embargo, sin embargo, mira en esa dirección, como si en el fondo de su corazón deseara que esa figura se quitara de en medio. Sir Leicester pide excusas a Milady. ¿Qué le iba a decir?

—Únicamente que ha venido el señor Rouncewell (a quien he convocado yo), y que más vale que pongamos fin a la cuestión de esa chica. Estoy ya aburrida del asunto.

—¿Qué puedo hacer yo… para ayudar en él? —pregunta Sir Leicester, sumido en tremendas dudas.

—Vayamos a verlo inmediatamente y terminemos con ello. ¿Puede decirles que lo hagan subir?

—Señor Tulkinghorn, tenga usted la bondad de llamar. Gracias. Solicite —dice Sir Leicester a Mercurio, sin recordar de momento el título correcto que emplear—, solicite al señor metalúrgico que venga aquí.

Mercurio sale en busca del señor metalúrgico, lo encuentra y lo trae. Sir Leicester recibe a la persona ferruginosa con amabilidad.

—Espero que se encuentre usted bien, señor Rouncewell. Tome asiento (mi abogado, el señor Tulkinghorn). Señor Rouncewell, Milady deseaba —y Sir Leicester lo traslada hábilmente con un gesto solemne de la mano—, deseaba hablar con usted. ¡Ejem!


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