Casa desolada

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—Con mucho gusto —responde el señor metalúrgico— escucharé atentamente todo lo que Lady Dedlock me haga el honor de comunicarme.

Al volverse hacia ella se encuentra con que la impresión que le causa es menos agradable que la última vez. Su aire distante y arrogante establece un ambiente frío en su derredor, y su actitud no tiene nada que aliente a la franqueza, como la última vez.

—Caballero —dice Lady Dedlock—, le ruego me permita preguntar si han hablado usted y su hijo acerca del capricho de este último.

Casi resulta demasiado molesto para sus ojos lánguidos mirar hacia él cuando le hace esta pregunta.

—Si no me falla la memoria, Lady Dedlock, dije cuando tuve el placer de ver a ustedes anteriormente, que aconsejaría seriamente a mi hijo que dominara ese… capricho —y el metalúrgico repite la expresión de ella con un cierto énfasis.

—Y, ¿lo ha hecho usted?

—¡Ah! ¡Naturalmente que sí!

Sir Leicester hace un gesto que es al mismo tiempo de aprobación y de confirmación. Muy correcto. Como el señor metalúrgico dijo que iba a hacerlo, estaba obligado a hacerlo. En este respecto no hay diferencia entre los metales comunes y los preciosos. Muy correcto.

—Y, dígame, ¿lo ha hecho él?


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