Casa desolada

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—Perdón, Milady —interrumpe cortésmente Sir Leicester—, pero es posible que con eso se haga un grave daño a la joven, daño que no se ha merecido. Se trata de una muchacha —dice Sir Leicester, que expone, magnífico, el asunto con la mano derecha, como si fuera un plato de comida— que ha tenido la fortuna de atraer la atención y el cariño de una dama eminente y de vivir, bajo la protección de esa dama eminente, rodeada de todas las ventajas que confiere una posición así, y que sin duda son muy grandes (le aseguro que sin duda son muy grandes, señor mío) para una joven de su condición. Entonces se plantea la cuestión: ¿debe esa joven verse privada de esas múltiples ventajas y de esa buena fortuna sencillamente porque haya atraído la atención del hijo del señor Rouncewell? Díganme, ¿merece ella ese castigo? ¿Es justo para con ella? ¿Es ése el entendimiento al que habíamos llegado anteriormente? —termina de decir Sir Leicester con una inclinación exculpatoria, pero digna, de la cabeza hacia el metalúrgico.

—Con su permiso —interviene el padre del hijo del señor Rouncewell—. ¿Me permite, Sir Leicester? Creo que yo puedo abreviar la cuestión. Le ruego que no tenga ese aspecto en cuenta. Si recuerda usted algo de tan poca importancia (lo que no es de esperar), recordará que mi primera actitud en este asunto fue la de oponerme a que siguiera aquí ella.


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