Casa desolada

Casa desolada

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Entre los enterradores y los lacayos, y las pantorrillas de tantas piernas sumidas en el dolor, el señor Bucket se sienta en silencio en uno de los carruajes inconsolables y contempla tranquilamente la multitud por la ventanillas encortinadas. Tiene la mirada acostumbrada a las multitudes, y al ir mirando acá y allá, unas veces desde un lado del carruaje y otras desde el otro, unas veces a las ventanas de las casas y otras a las cabezas de la gente, no se le escapa nada.

«Ahí estás, mi cara mitad, ¿eh?», se dice a sí mismo el señor Bucket, pero refiriéndose a la señora Bucket, apostada por recomendación suya en las escaleras de la casa del difunto. «Ahí estás. ¡Claro que sí! ¡Y tienes muy buen aspecto, señora Bucket!».

El cortejo no se ha iniciado todavía, sino que espera a que se saque a quien es la causa de toda la reunión. El señor Bucket, en el primero de los carruajes engalanados, utiliza sus dos gruesos dedos índices para levantar un poco la cortinilla mientras mira.

Y dice mucho de su afecto marital el que siga ocupándose de la señora B. «Ahí estás, ¿eh?», repite con un murmullo. «Y veo que a tu lado está nuestra pensionista. Me estoy fijando en ti, señora Bucket, y espero que te encuentres bien, querida mía».


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