Casa desolada
Casa desolada El señor Bucket no dice nada más, sino que sigue sentado, con la vista bien atenta, hasta que bajan empaquetado al depositario de nobles secretos (¿dónde están esos secretos ahora? ¿Los sigue conservando? ¿Volaron con él en su repentino viaje?), y hasta que se pone en marcha el cortejo y cambia la visión del señor Bucket. Después se prepara para hacer el viaje tranquilamente, y toma nota de los adornos del carruaje, por si alguna vez le resulta útil recordarlos.
Existe bastante contraste entre el señor Tulkinghorn encerrado en su carruaje y el señor Bucket encerrado en el suyo. Entre la pista inconmensurable de espacio que se abre a partir de la pequeña herida que ha lanzado a uno al sueño eterno, que tanto le hace traquetear sobre las piedras de las calles, y la leve pista de sangre que mantiene al otro en estado de vigilancia que expresa cada pelo de su cabeza. Pero a ambos les da igual; a ninguno de ellos le importa.
El señor Bucket deja a su aire tranquilo que pase el cortejo, y se apea del carruaje cuando le llega la oportunidad que esperaba. Se dirige a casa de Sir Leicester Dedlock, que ya es una especie de segundo hogar para él, donde entra y sale cuando quiere y a todas horas, donde siempre se le recibe y se le acoge muy bien, donde conoce a todos los habitantes, y avanza rodeado de una atmósfera de misteriosa grandeza.