Casa desolada

Casa desolada

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El señor Bucket no tiene que golpear el llamador ni tocar el timbre. Se le ha dado una llave, y puede entrar como quiera. Cuando cruza el vestíbulo, Mercurio le informa:

—Otra carta para usted, señor Bucket. Ha llegado en el correo.

—Otra más, ¿eh? —comenta el señor Bucket.

Si Mercurio poseyera alguna leve curiosidad acerca de las cartas del señor Bucket, este prudente personaje no es quién para satisfacerla. El señor Bucket lo contempla como si fuera un panorama de varias millas de largo y lo estuviera contemplando en un rato de ocio.

—¿Tiene usted una petaca? —pregunta el señor Bucket.

Por desgracia, Mercurio no es aficionado al rapé.

—¿Podría usted traerme algo de donde sea? —continúa el señor Bucket—. Gracias. No importa lo que sea; me da igual el género. ¡Gracias!

Tras servirse calmosamente de una lata tomada prestada a alguien del piso de arriba para ese objetivo, y tras hacer grandes muestras de probarlo, primero con una aleta de la nariz y luego con la otra, el señor Bucket, con gran prosopopeya, declara que es de buena clase, y se marcha con la carta en la mano.


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