Casa desolada

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Ahora bien, aunque el señor Bucket sube las escaleras hacia la pequeña biblioteca que hay dentro de la grande, con el gesto de quien está acostumbrado a recibir docenas de cartas a diario, da la casualidad de que en su vida no interviene mucha correspondencia. No es un gran escritor, pues más bien maneja la pluma como el bastoncillo pequeño que siempre tiene a mano, y desalienta a los demás de que le escriban, como forma demasiado inocente y directa de hacer transacciones delicadas. Además ve cómo a menudo se presentan como pruebas cartas imprudentes y dispone de tiempo para reflexionar que fue una simpleza escribirlas. Por todos esos motivos, no ve muchas cartas, ni como destinatario ni como remitente. Y, sin embargo, en las últimas veinticuatro horas ha recibido media docena de ellas.

—Y ésta —dice el señor Bucket, abriéndola encima de la mesa— viene de la misma mano y contiene las mismas dos palabras.

—¿Qué dos palabras?

Hace girar la llave en la cerradura, quita la goma de su cuaderno negro (ominoso para muchos) y pone dentro de él otra carta, y lee, escrito en letras mayúsculas en cada una de ellas: «LADY DEDLOCK».

«Sí, sí», se dice el señor Bucket, «pero podría haber obtenido la recompensa sin necesidad de esta información anónima».


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