Casa desolada

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Ella trata en vano de humedecerse los labios resecos, con un ruido de dolor, pero lucha consigo misma y obedece.

—Ya está todo bien, Sir Leicester Dedlock, Baronet. Este caso no hubiera podido llegar a su forma actual de no haber sido por la señora Bucket, ¡que es de las que no hay una en 50.000, en 150.000! A fin de engañar a esta joven, desde entonces no he vuelto a poner el pie en mi casa, aunque me he comunicado con la señora Bucket por medio de hogazas de pan y en frascos de leche todo lo que ha sido necesario. Las palabras que susurré a la señora Bucket cuando le puse la sábana en la boca fueron: «Querida mía, ¿podrás engañarla hablándole constantemente de mis sospechas contra George y tal y cual y lo de más allá? ¿Puedes pasarte sin dormir y vigilarla noche y día? ¿Puedes comprometerte a decir: “no hará nada sin que me entere yo, será mi prisionera sin sospecharlo, no se me podrá escapar, y su vida será mi vida y su alma mi alma”, hasta que yo demuestre que fue ella quien cometió el crimen?». Y la señora Bucket va y me dice, con toda la claridad que le permite la sábana: «¡Bucket, te lo prometo!». ¡Y ha cumplido magníficamente!

—¡Mentiras! —interviene Mademoiselle—. ¡Todo mentiras, mi amigo!


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