Casa desolada
Casa desolada Mademoiselle Hortense lanza una mirada indignada al espejo, se sacude hasta quedar perfectamente arreglada y, por hacerle justicia, tiene un aire especialmente refinado.
—Escuche entonces, ángel mÃo —dice tras varios gestos sarcásticos—. Es usted muy espiritual. Pero ¿puede usted devolverle la vida?
El señor Bucket responde:
—No exactamente.
—Qué divertido. Escuche todavÃa más una vez. Es usted muy espiritual. ¿Puede usted hacer de ella una señora honesta?
—No seas tan maliciosa.
—¿O hacer de él un señor altivo? —grita Mademoiselle, refiriéndose a Sir Leicester con un desdén inefable—. ¡Eh! ¡Oh, entonces mÃrele! ¡Pobre niño! ¡Ja, ja, ja!
—Vamos, vamos, estás parlando peor que antes —dice el señor Bucket—. ¡Vámonos!
—¿Usted no puede hacer eso? Entonces puede usted hacer conmigo lo que le plazca. Es como la muerte, es todo la misma cosa. Vámonos, ángel mÃo. Adieu, anciano, gris. ¡Le compadezco y le desprecio!