Casa desolada

Casa desolada

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En un instante el señor Bucket le pone una de las esposas en una muñeca.

—Va una —dice el señor Bucket—. Ahora la otra, guapa. ¡Dos y nada más!

Se levanta, y también ella.

—¿Dónde —pregunta ella, bajando los párpados hasta que casi no se le pueden ver los ojos—, dónde está la falsa, traicionera y maldita de su mujer?

—Ha ido a la Jefatura de Policía —responde el señor Bucket—. Ya la verás allí, linda.

—¡Me gustaría darle un beso! —exclama Mademoiselle Hortense, jadeando como una tigresa.

—Sospecho que la ibas a morder —dice el señor Bucket.

—¡Pero sí! —abriendo mucho los ojos—. Me encantaría hacerla pedazos, miembro a miembro.

—Claro, hija —dice el señor Bucket con la mayor compostura—. Estoy totalmente dispuesto a creérmelo. Las de tu sexo tenéis una animosidad tan sorprendente las unas contra las otras cuando estáis en desacuerdo… ¿A que a mí no me odias tanto?

—No. Aunque es usted un Diablo siempre.

—Ángel y diablo por turnos, ¿eh? —exclama el señor Bucket—. Pero tienes que considerar que éste es mi trabajo. Permíteme que te arregle el chal. Ya he hecho de doncella de muchas más señoras. ¿Te falta algo: el sombrero? Hay un coche a la puerta.


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