Casa desolada
Casa desolada —Por favor, señorita Summerson, entre y siéntese junto a la chimenea. Señor Woodcourt, según información fidedigna, entiendo que es usted médico. ¿Querría usted ver a esta chica y ver si se puede hacer algo para que se recupere? Tiene por alguna parte una carta que necesito especialmente. No está en su baúl y creo que la debe de tener ella, pero está tan rígida y tan tiesa que es difícil manejarla sin hacerle daño.
Entramos los tres juntos en la casa; pese a lo frío e inclemente del tiempo, olía a cerrado porque nadie había dormido en ella en toda la noche. En el pasillo que había detrás de la puerta estaba un hombrecillo asustado y de aspecto triste embutido en un sobretodo gris, que parecía tener una gran cortesía natural y que hablaba mansamente.
—Baje las escaleras, señor Bucket, por favor —dijo—. Perdone la señorita esta cocina; es la que usamos como cuarto de estar de diario. Atrás está el dormitorio de Guster, ¡y hay que ver la que está armando la pobrecita!
Bajamos las escaleras, seguidos por el señor Snagsby, que según averigüé en seguida era como se llamaba el hombrecillo. En la cocina y junto al fuego estaba la señora Snagsby, con los ojos enrojecidos y una expresión muy severa.