Casa desolada
Casa desolada —Pues es verdad —replicó—. Se me ha terminado la linterna. Encienda usted la suya un momento.
Todo ello dicho en susurros, a una o dos puertas de la casa en la que se oÃan débilmente llantos y gemidos. En medio del pequeño cÃrculo de luz que se creó entonces, el señor Bucket fue a la puerta y llamó. Tuvo que llamar dos veces antes de que le abrieran, y entró, dejándonos a nosotros en la calle.
—Señorita Summerson —dijo el señor Woodcourt—, si no es un abuso de confianza, permÃtame quedarme a su lado.
—Es usted muy amable —respond×. No quiero guardar secretos con usted; si guardo alguno, es que no me pertenece.
—Le entiendo perfectamente. ConfÃe en mÃ, no seguiré a su lado más que si ello no obliga a usted a violarlo.
—ConfÃo en usted implÃcitamente —dije—. Sé y aprecio perfectamente que usted considera sagradas las promesas.
Al cabo de un rato volvió a aparecer el circulito de luz y avanzó hacia nosotros el señor Bucket con un gesto de preocupación y dijo: