Casa desolada
Casa desolada El señor Woodcourt la apartó suavemente de mí. El señor Bucket me abrigó y salimos inmediatamente a la calle. El señor Woodcourt titubeaba, pero le dije: «¡No me abandone usted ahora!», y el señor Bucket añadió: «Más vale que venga usted con nosotros, quizá lo necesitemos; ¡no pierda el tiempo!».
Mis recuerdos de aquel trayecto están sumidos en la mayor confusión. Recuerdo que no era de noche ni de día; que estaba amaneciendo, pero todavía no se habían apagado los faroles, que seguía cayendo el aguanieve y que todas las calles estaban inundadas. Recuerdo que por ellas pasaban algunas personas con aspecto de tener mucho frío. Recuerdo los tejados mojados, las cunetas inundadas hasta reventar, los montones de hielo y de nieve ya negros sobre los que pasamos, lo estrechas que eran las callejuelas que cruzamos. Al mismo tiempo recuerdo que parecía como si aquella pobre chica estuviera contando su historia audible y claramente, que podía sentir cómo descansaba en mis brazos, que las fachadas sucias de las casas adquirían aspecto humano y me miraban, que en el interior de mi cabeza parecían abrirse enormes esclusas y lo mismo ocurría en el aire, y que las cosas irreales eran más claras que las reales.
Por fin nos detuvimos bajo un pasaje oscuro y mísero en el cual ardía una sola lámpara encima de una puerta de hierro, y donde la mañana apenas si lograba penetrar.