Casa desolada

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—Ahora ya estás mucho mejor —le dije—. Por favor, por favor, sigue.

—¡Sí, voy a seguir, voy a seguir! Pero no se enfade conmigo, señorita, que he estado muy mala.

¡Enfadarme con ella, la pobrecilla!

—¡Bueno! Ya sigo, ya sigo. Entonces me preguntó si podía decirle cómo encontrarlo y le dije que sí y se lo dije, y ella me miró con unos ojos casi como si estuviera ciega y dio unos pasos atrás. Y entonces se sacó la carta y me la enseñó y me dijo que si la ponía en el correo se quedaría toda borrada y no se ocuparían de ella ni la mandarían, de que si yo la quería agarrar y enviarla y que al mensajero le pagarían en la casa. Y entonces yo dije que sí, si no era nada malo, y ella dijo que no, que no era nada malo. Y entonces yo la agarré y ella me dijo que no tenía nada que darme, y yo le dije que yo también era pobre, que no quería nada. Y entonces ella dijo: «¡Que Dios te bendiga!», y se fue.

—¿Y se fue…?

—Si —exclamó la muchacha, adelantándose a la pregunta—, ¡sí!, se fue por el camino que yo le había dicho. Entonces yo entré en casa y la señora Snagsby me vino por detrás no sé cómo y me agarró y me dio miedo.


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