Casa desolada

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—¡No! —exclamó la muchacha, meneando la cabeza—. ¡No! No podía encontrarlos. Y estaba muy débil, y cojeaba y estaba muy triste. Tan triste que si la hubiera visto usted, señor Snagsby, le hubiera dado media corona, ¡estoy segura!

—Bueno, Guster, hija mía —dijo él, sin saber al principio qué decir—, eso supongo.

—Pero hablaba tan fino —dijo la muchacha, mirándome con los ojos muy abiertos— que me partía el corazón. Y entonces me preguntó si yo sabía ir al cementerio. Y le pregunté qué cementerio. Y dijo que el cementerio de los pobres. Y entonces le dije que yo había sido una niña pobre y que eso dependía de la parroquia. Pero ella dijo que quería saber un cementerio de pobres no muy lejos de aquí, donde había un arco, y un escalón y una puerta de hierro.

Mientras yo la miraba y la tranquilizaba para que siguiera, vi que el señor Bucket recibía aquellas palabras con un gesto que me pareció de alarma.

—¡Ay, Dios mío, Dios mío! —exclamó la muchacha, tirándose del pelo con las manos— ¡qué voy a hacer, qué voy a hacer! Hablaba del cementerio en que enterraron a aquel hombre que se tomó la cosa esa para dormir, que vino usted a casa y nos dijo, señor Snagsby, que me dio tanto miedo, señora Snagsby. ¡Tengo miedo otra vez! ¡No me deje!


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