Casa desolada
Casa desolada —Pobrecita mÃa —le dije, apoyándole la cara en la frente, pues yo también lloraba y temblaba—, parece una crueldad molestarte en estos momentos, pero aunque dispusiera de una hora no podrÃa decirte cuántas cosas dependen de que sepamos algo de esta carta.
Ella empezó a declarar agitada que no habÃa querido hacer nada malo, ¡no habÃa querido hacer nada malo, señora Snagsby!
—De eso estamos convencidos todos —dije—. Pero te ruego que me digas cómo fue que te llegó.
—SÃ, señorita, le voy a decir la verdad. Señora Snagsby, le digo que voy a decir la verdad.
—Estoy convencida —dije—. Y, ¿cómo fue?
—Yo habÃa salido a un recado, señorita, mucho después del anochecer, muy tarde; y cuando volvà a casa me encontré con una persona de aspecto vulgar, toda mojada y llena de barro, que miraba a nuestra casa. Cuando me vio entrar por la puerta me llamó y me preguntó si vivÃa aquà y yo le dije que sà y ella que no conocÃa más que uno o dos sitios de por aquÃ, pero que se habÃa perdido y no podÃa encontrarlos. ¡Ay, qué voy a hacer, qué voy a hacer! ¡No me quieren creer! No me dijo nada malo y yo no le dije nada malo a ella, ¡de verdad, señora Snagsby! Su ama tenÃa que tranquilizarla y lo hizo, y debo decir que lo hizo muy contrita, de forma que la chica pudo seguir adelante.
—No podÃa encontrar esos sitios —dije yo.