Casa desolada

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Hice lo que me pedía, pero me quedé allí un largo rato, rezando por mi pobre madre. Todos ellos estaban ocupados con la muchacha, y oí las instrucciones que les daba el señor Woodcourt que hablaba mucho con ella. Por fin llegó él con el señor Bucket y dijo que como era muy importante hablarle con amabilidad, le parecía que lo mejor era que fuese yo quien le pidiera la información que deseábamos. No cabía duda de que ahora ya podía responder a las preguntas, si se la podía tranquilizar, en lugar de alarmarla. Las preguntas, dijo el señor Bucket, eran cómo le había llegado la carta, lo que había ocurrido entre ella y la persona que le dio la carta y dónde había ido aquella persona. Traté con todas mis fuerzas de retener en la memoria todas las preguntas, y pasé con ellos al cuarto de al lado. El señor Woodcourt quería quedarse fuera, pero a solicitud mía entró con nosotros.

La pobre muchacha estaba sentada en el suelo, donde la habían colocado.

Estaban todos en torno a ella, aunque un poco separados, para que no le faltase el aire. No era guapa y parecía débil y pobre, pero tenía una cara triste y bondadosa, aunque todavía parecía algo fuera de sí. Me arrodillé a su lado y le puse la cabecita en mi hombro, ante lo cual me echó el brazo al cuello y rompió en llanto.


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