Casa desolada
Casa desolada También aquello lo podía repetir mentalmente, pero no tenía la menor idea de lo que significaba. Veía ante mí, yacente en el escalón, a la madre del niño muerto. Tenía un brazo apretado a uno de los barrotes de la puerta de hierro, y parecía abrazarlo. Allí estaba la que hacía tan poco había hablado con mi madre. Allí estaba, un ser en apuros, sin abrigo, sin sentido. La que había traído la carta de mi madre, la que podía darme la única pista de dónde estaba mi madre; la que tenía que guiarnos para rescatarla y salvarla después de buscarla tanto tiempo, ya que había caído en esta condición debido a algo relacionado con mi madre que yo no podía vislumbrar, cuando en aquel mismo momento ella podía estar ya fuera de nuestro alcance y nuestra ayuda; ¡allí estaba, y no me dejaban llegar a ella! Vi, pero no comprendí, el gesto solemne y compasivo del señor Woodcourt. Vi, pero no comprendí, cómo tocaba al otro en el pecho para retenerlo. Vi que se descubría en aquel aire inclemente, con un gesto de respeto a algo. Pero ya no podía comprender nada de aquello.
Incluso oí qué se decían el uno al otro:
—¿Le dejamos que vaya?
—Más vale. Que sean sus manos las primeras en tocarla. Tienen más derecho que las nuestras.
Fui a la puerta y me incliné. Levanté la cabeza inerte, hice a un lado el pelo largo y claro y le di la vuelta a la cara. Y era mi madre, fría y muerta.