Casa desolada
Casa desolada También es posible que el mastÃn que sestea en su perrera del patio, con la cabezota metida entre las patas, esté pensando en el calor del sol, cuando las sombras de los establos le cansan la paciencia a fuerza de cambiar de sitio y dejarlo, a cierta hora del dÃa, sin más refugio que la sombra de su propia caseta, donde se queda sentado, acezando y gruñendo, y con muchas ganas de algo que mordisquear, además de su propio cuerpo y su cadena. También es posible que ahora, medio despierto y con muchos parpadeos, recuerde la casa llena de gente, las cocheras llenas de vehÃculos, los establos llenos de caballos, los edificios adyacentes llenos de criados a caballo, hasta que ya no pueda decidir qué es lo que está pasando ahora y se lance a averiguarlo. Entonces es posible que con una de esas impacientes sacudidas que se da, gruña para sus adentros: «¡Lluvia, lluvia, lluvia! ¡No hace más que llover, y la familia no aparece!», mientras vuelve a entrar y se tiende con un bostezo aburrido.