Casa desolada
Casa desolada Lo mismo ocurre, con los perros que están en las perreras al otro lado del parque, que tienen ataques de nerviosismo, y cuyas voces quejumbrosas, cuando el viento ha sido muy obstinado, lo han hecho saber incluso en la propia mansión: arriba, abajo y en los aposentos de Milady. Es posible que cacen por todo el campo circundante mientras las gotas de lluvia puntean su inactividad. También es posible que los conejos, con sus colas reveladoras, que entran y salen de sus huras entre las raíces de los árboles, estén llenos de ideas de los días de brisa cuando el aire les aplasta las orejas, o de las estaciones interesantes, cuando hay plantitas jóvenes y sabrosas que roer. Es posible que el pavo del corral, siempre preocupado con una reivindicación de clase (probablemente relacionada con la Navidad) recuerde aquella mañana de verano de la que le privaron injustamente cuando entró en el sendero entre los árboles caídos, donde había un establo y cebada. Es posible que el ganso descontento, que considera necesario agacharse para pasar bajo la vieja puerta que tiene más de veinte pies de altura, ande proclamando a graznidos, si nosotros pudiéramos comprenderlo, su preferencia por el tiempo en que la puerta proyecta una sombra en el suelo.