Casa desolada

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—Al señor Vholes, de Symond’s Inn. Con mis saludos. Jarndyce y Jarndyce. Celebraría hablar con él.

Desapareció el señor Guppy.

—Me pregunta usted que qué le importa, señor Jarndyce. Si hubiera usted echado un vistazo a este documento, habría visto que reduce mucho su interés, aunque éste sigue siendo muy considerable, muy considerable —dijo el señor Kenge, moviendo la mano en gesto persuasivo y suave—. Habría usted visto, además, que los intereses del señor Richard Carstone y de la señorita Ada Clare, actualmente señora de Richard Cartone, se ven muy avanzados.

—Kenge —respondió mi Tutor—, si la mayor riqueza que el pleito ha traído a este repulsivo Tribunal de Cancillería pudiera corresponder a mis dos jóvenes primos, yo me quedaría muy contento. Pero ¿me pide usted a mí que crea que de Jarndyce y Jarndyce va a salir algo bueno?

—¡Vamos, vamos, señor Jarndyce! Prejuicios, prejuicios. Señor mío, éste es un gran país, un, gran país. Su sistema jurídico es un gran sistema, un gran sistema. ¡Vamos, vamos!

Mi Tutor no dijo nada más, y llegó el señor Vholes. Estaba modestamente impresionado por la eminencia profesional del señor Kenge.


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