Casa desolada

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—¿Cómo está usted, señor Vholes? ¿Tendría usted la bondad de tomar asiento a mi lado y mirar este documento?

El señor Vholes hizo lo que le pedían, y pareció que lo leía palabra por palabra. No pareció impresionarle, pero es que nada lo impresionaba. Una vez lo hubo examinado bien, se apartó a una ventana junto con el señor Kenge y, tapándose la boca con su guante negro, habló un rato con él. No me sorprendió observar que el señor Kenge se sentía inclinado a discutir lo que decía antes de que dijera mucho, pues sabía que —nunca había dos personas que estuvieran de acuerdo en nada de lo relativo a Jarndyce y Jarndyce. Pero también pareció vencer al señor Kenge, en una conversación que parecía como si estuviera integrada por los términos de «Ejecutor de Hacienda», «Contable del Estado», «Contabilidad», «Testamentaría» y «Costas». Cuando terminaron, volvieron al escritorio del señor Kenge y hablaron en voz más alta.

—¡Bien! ¡Pues es un documento muy notable, señor Vholes! —dijo el señor Kenge.

—Muchísimo —asintió el señor Vholes.

—¿Y un documento muy importante, señor Vholes? —preguntó el señor Kenge.

—Importantísimo —volvió a asentir el señor Vholes.


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