Casa desolada

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La señora Rouncewell ha tenido sus problemas. Tuvo dos hijos, el mayor de los cuales salió aventurero y sentó plaza de soldado, para nunca más volver. Incluso a estas alturas, las manos apacibles de la señora Rouncewell pierden su compostura cuando habla de él y, bajando de su peto, revolotean agitadas cuando comenta lo buen muchacho, lo alegre y lo simpático que era. Su segundo hijo habría estado bien colocado en Chesney Wold, y con el tiempo habría llegado a intendente, pero cuando todavía estaba en la escuela se aficionó a construir vapores con cazuelas, y a enseñar a los pájaros a extraer su propia agua, con la menor cantidad de trabajo posible, y ayudarlos con un artilugio ingeniosísimo a presión hidráulica, de modo que a un canario sediento le bastaba, literalmente, con arrimar el hombro a una rueda para beber lo que necesitara. Aquella propensión causaba gran inquietud a la señora Rouncewell. Consideraba con angustia materna que era un paso en la dirección de Wat Tyler, pues sabía perfectamente que eso era lo que opinaba Sir Leicester de toda actividad en la que cupiera considerar indispensables el humo y una chimenea alta. Pero como aquel joven rebelde y condenado (que, por lo demás, era muy tranquilo y perseverante) no mostraba indicios de conversión al ir cumpliendo años, sino que, por el contrario, construyó un modelo de telar mecánico, ella se vio obligada a confesar al baronet, con muchas lágrimas en los ojos, las múltiples recaídas que había tenido. «Señora Rouncewell», dijo Sir Leicester, «como sabe usted, yo no puedo rebajarme a discutir con nadie acerca de ningún tema. Más vale que se deshaga usted de su chico, que lo meta en alguna Fábrica. Supongo que las zonas metalúrgicas del Norte serán lo más adecuado para un muchacho con esas tendencias». Cuanto más al Norte iba más adulto se hacía, y cuando Sir Leicester Dedlock lo veía alguna vez cuando venía a Chesney Wold a visitar a su madre, o pensaba alguna vez en él, seguro que sólo lo consideraba como parte de un grupo de varios miles de conspiradores, cetrinos y obstinados, que tenían la costumbre de salir con antorchas dos o tres noches por semana con fines ilícitos.


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