Casa desolada

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Sin embargo, el hijo de la señora Rouncewell, gracias a la naturaleza y la técnica, ha crecido, se ha establecido, se ha casado y le ha dado un nieto a la señora Rouncewell, y este nieto, tras terminar su aprendizaje y de vuelta a casa tras un viaje por países remotos, a los que se le envió a ampliar sus conocimientos y terminar de prepararse para la aventura de la vida, está apoyado este mismo día en la repisa de la chimenea de la habitación de la señora Rouncewell en Chesney Wold.

—¡No me canso de decirte cuánto me alegro de verte, Watt! ¡Es que no me canso de decírtelo! —exclama la señora Rouncewell—. Eres un muchacho magnífico. Eres como tu pobre tío George. ¡Ay! —a la señora Rouncewell se le agitan las manos, como de costumbre, al mencionar este nombre.

—Abuela, la gente dice que me parezco a mi padre.

—También a él, hijo mío, ¡pero sobre todo a tu pobre tío George! Y tu buen padre —la señora Rouncewell vuelve a cruzar las manos—, ¿está bien?

—Le va bien, abuela, en todos los sentidos.

—¡Alabado sea Dios! —La señora Rouncewell tiene cariño a su hijo, pero siente algo de pena por él, como si fuera un buen soldado que se hubiera pasado al enemigo—. ¿Es feliz? —pregunta.

—Totalmente.


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