Casa desolada
Casa desolada —¡Alabado sea Dios! ¿De manera que te ha educado para que hagas lo mismo que él y te ha enviado a paÃses extranjeros, y todo eso? Quizá haya un mundo más allá de Chesney Wold que yo no comprendo. Aunque tampoco soy una jovencita ya. ¡Y he conocido a mucha gente en todo este tiempo!
—Abuela —dice el muchacho, cambiando de tema—, qué guapa era la chica que estaba contigo ahora. ¿Dices que se llama Rosa?
—SÃ, hijo. Es hija de una viuda del pueblo. Hoy dÃa es tan difÃcil tener buenas doncellas que me la he traÃdo de muy jovencita. Es hacendosa y le va a ir bien. Ya sabe enseñar la casa[22], y muy bien. Vive aquà conmigo.
—Supongo que no se habrá ido por culpa mÃa.
—Seguro que ha supuesto que tenemos cosas de familia que hablar. Es muy prudente. Ésa es una buena cualidad en una muchacha. Y cada vez más rara, que yo sepa —dice la señora Rouncewell, ampliando su peto hasta el máximo de sus lÃmites—. ¡Mucho más que antes!
El muchacho inclina la cabeza en señal de acatamiento de los preceptos de la experiencia. La señora Rouncewell escucha.
—¡Se oyen ruedas! —exclama. Los oÃdos más jóvenes de su compañero llevan oyéndolas desde hace rato ¿Y por qué se oyen ruedas en un dÃa asÃ, por el amor del cielo?