Casa desolada
Casa desolada Tras un breve intervalo, llaman a la puerta.
—¡Adelante!
Entra una belleza rústica, de ojos y pelo oscuro, tan tÃmida, tan rozagante con su tez sonrosada, pero delicada, que las gotas de lluvia que le acaban de caer en el pelo parecen como el rocÃo en una flor recién cogida:
—¿Quién es esta compañÃa, Rosa? —pregunta la señora Rouncewell.
—Son dos jóvenes en una tartana, señora, que quieren ver la casa…, ¡sÃ, y con su permiso les he dicho que podÃan verla! —en rápida respuesta a un gesto de desacuerdo del ama de llaves—. Fui a la puerta de la entrada y les dije que no era dÃa de visita ni la hora adecuada, pero el joven que venÃa conduciendo se quitó el sombrero en medio de la lluvia y me pidió que le trajera a usted esta tarjeta.
—Léemela, querido Watt —dice el ama de llaves.
Rosa es tan tÃmida al dársela, que entre los dos se les cae al suelo y se dan el uno en la cabeza del otro cuando la recogen. Rosa está más tÃmida que nunca.
«Señor Guppy», es lo único que dice la tarjeta.
—¡Guppy! —repite la señora Rouncewell—. ¡Señor Guppy! TonterÃas. Nunca he oÃdo ese nombre.