Casa desolada
Casa desolada —Pero, señora, ¡eso ya me lo dijo él! —señala Rosa— Pero dijo que él y el otro joven caballero habÃan llegado de Londres anoche, en el correo, porque tenÃan que solventar asuntos en la reunión de jueces de ahÃ, a diez millas, esta mañana, y que como habÃan terminado temprano sus asuntos, y habÃan oÃdo hablar tanto de Chesney Wold, y en realidad no sabÃan qué hacer, habÃan venido a verla aunque llovÃa. Son abogados. Dice que él no trabaja en el bufete del señor Tulkinghorn, pero está seguro de que puede mencionar al señor Tulkinghorn como referencia si es necesario. —Y Rosa, al ver cuando está terminando que acaba de hacer un discurso bastante largo, se porta con más timidez que nunca.
Pero el señor Tulkinghorn es, por asà decirlo, parte integrante de la casa, y además, según se dice, quien ha preparado el testamento de la señora Rouncewell. La anciana se ablanda, acepta que entren los visitantes, como favor personal, y despide a Rosa. Sin embargo, el nieto, que se ve dominado por un repentino deseo de ver también la casa él, propone sumarse al grupo. La abuela, contenta de que manifieste ese interés, lo acompaña, aunque, para ser justos, él no desea en absoluto que se moleste.