Casa desolada
Casa desolada —Y espero que también a ésa vuelvas, Richard. Ya sabes que ahora vivo solo, y si vienes a verme será un acto de caridad. Un acto de caridad el que volváis, amor mÃo —repitió a Ada, mientras le pasaba la mano blandamente por el dorado cabello y se llevaba un rizo de éste a los labios (y yo creo que se prometió en su fuero interno el protegerla si se quedaba sola).
—¿Ha sido una pesadilla? —preguntó Richard, apretando angustiado las manos de mi Tutor.
—Nada más que eso, Rick. Nada más.
—Y como usted es tan bueno, ¿podrá perdonarla como tal y compadecerse del que la tuvo, y ser paciente y amable cuando se despierte?
—Claro que sÃ. ¿Qué soy yo más que otro soñador, Rick?
—¡Voy a empezar el mundo! —dijo Richard con una luz en la mirada.
Mi marido se acercó un poco más a Ada, y vi que levantaba solemnemente la mano para advertir a mi Tutor.
—Cuando me vaya de aquà a ese paÃs amable donde se encuentran los viejos tiempos, ¿dónde hallaré las fuerzas para decir todo lo que ha sido Ada para mÃ, dónde podré recordar mis múltiples errores y cegueras, dónde me voy a preparar para guiar a mi hijo que va a nacer? —preguntó Richard—. ¿Cuándo me voy?
—Mi querido Rick, en cuanto tengas las fuerzas suficientes —respondió mi Tutor.