Casa desolada

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El audaz Boythorn sigue en guerra, aunque a intervalos inciertos, a veces más caliente y otras más fría, pues arde como un fuego irregular. Según se dice, cuando Sir Leicester vino a quedarse en Lincolnshire para siempre, el señor Boythorn mostró un deseo manifiesto de abandonar su servidumbre de paso y hacer lo que Sir Leicester quisiera, pero como Sir Leicester creyó que aquello era una condescendencia a su enfermedad o a su mala fortuna, montó en cólera, y se sintió tan magníficamente ofendido que el señor Boythorn se consideró obligado a cometer una infracción flagrante a fin de que su vecino volviera en sí. Análogamente, el señor Boythorn sigue colocando carteles tremendos en el camino y (siempre con su pájaro posado en la cabeza) manifestándose vehemente contra Sir Leicester desde el santuario de su propia casa, y análogamente también sigue desafiándolo como siempre en la iglesita, haciendo como si sencillamente no creyera en su existencia. Pero, según se murmura, si bien sigue manifestando ferocidad contra su viejo enemigo, en realidad es de lo más considerado, y Sir Leicester, en la dignidad de su implacabilidad, no se da cuenta de hasta qué punto le están siguiendo el apunte. Igual que no se da cuenta de hasta qué punto él y su antagonista han sufrido con los destinos de las dos hermanas, y su antagonista, que ya sí lo sabe, no es persona que vaya a decírselo. Y así continúa la disputa, para satisfacción de ambos.


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