Casa desolada

Casa desolada

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La gente incluso me elogia a mí como la mujer del doctor. La gente incluso me quiere y me da tanta importancia que me siento avergonzada. ¡Todo se lo debo a él, a mi amor, a mi orgullo! Les gusto por él, igual que yo lo hago todo en la vida pensando en él.

Hace una o dos noches, cuando estaba ocupada preparando las cosas para mi niña, mi Tutor y el pequeño Richard, que van a venir mañana, estaba yo sentada nada menos que en el porche, aquel querido y memorable porche, cuando llegó Allan y me dijo:

—Mujercita mía, ¿qué haces aquí?

Y yo contesté:

—Brilla tanto la luna, Allan, y la noche es tan deliciosa que estaba aquí, pensando.

—Y, ¿en qué estabas pensando, cariño? —me preguntó entonces Allan.

—¡Qué curioso eres! —contesté—. Casi me da vergüenza decírtelo, pero te lo diré. Estaba pensando en mi cara de antes…, aunque no fuera gran cosa.

—Y, ¿qué pensabas de ella, abejita? —dijo Allan.

—Estaba pensando que me parecía imposible que pudieras amarme más de lo que me amas aunque la hubiera conservado.

—¿Aunque no era gran cosa? —rió Allan.

—Claro, aunque no era gran cosa.


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