Casa desolada

Casa desolada

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Nunca he oído hablar de que el viento sea de Levante ni una sola vez desde que me llevó al porche a leer el nombre. Una vez le dije que ahora nunca parecía soplar viento de Levante y me dijo que era verdad, que por fin había desaparecido de allí a partir de aquel día. Creo que mi niña está más bella que nunca. La pena que expresaba su rostro (y que ya no expresa) parece haber purificado incluso su inocente expresión, y haberle dado una calidad más divina. A veces, cuando levanto la vista y la veo, con el vestido negro que sigue llevando, mientras enseña algo a mi Richard, me siento…, me resulta difícil expresarlo…, me siento como si fuera magnífico saber que recuerda a su querida Esther en sus oraciones.

¡Lo llamo mi Richard! Pero él dice que tiene dos mamás y que yo soy una de ellas.

No somos ricos en dinero, pero siempre nos ha ido bien, y tenemos más que suficiente. Cuando salgo con mi marido nunca dejo de oír a gente que lo bendice. En todas las casas de cualquier condición a las que voy, oigo sus elogios o veo sus miradas de agradecimiento. Todas las noches, al acostarme sé que en el curso del día ha aliviado dolores y ayudado a algún pobre en momentos de necesidad. Sé que desde los lechos de los que ya no pueden curar muchas veces se le han dado las gracias, en el último momento, por sus cuidados hasta entonces. ¿No es eso ser ricos?


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