Casa desolada
Casa desolada La historia no tiene nada que ver con ningún cuadro; el ama de llaves se lo puede asegurar. El señor Guppy le agradece la información, y además da las gracias por todo. Se retira con su amigo, guiados ambos por otra escalera por el joven jardinero, y poco después se oye que se marchan. Ya llega el atardecer. La señora Rouncewell puede confiar en la discreción de los dos jóvenes que la escuchan, y puede contarles a ellos cómo fue que la terraza adquirió ese nombre fantasmal. Se sienta en un sillón junto a la ventana, sobre la que va cayendo la oscuridad, y se lo cuenta:
—En los días terribles, hijos míos, del Rey Carlos I (me refiero, claro está, a los días terribles de los rebeldes que se aliaron contra aquel excelente rey), el dueño de Chesney Wold era Sir Morbury Dedlock. No sé si en aquella época se hablaba de algún fantasma en la familia. Supongo que es muy probable.
La señora Rouncewell sustenta esta opinión por considerar que toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma. Considera a los fantasmas como uno de los privilegios de las clases altas, como un detalle de distinción que no puede reivindicar la gente del común.