Casa desolada

Casa desolada

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—Ella era una dama de bella figura y noble porte. Nunca se quejó del cambio sufrido; nunca habló con nadie de su invalidez ni se quejó de sus dolores, pero un día tras otro trataba de pasearse por la terraza, y apoyándose en la balaustrada de piedra, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, con sol o con nubes, y cada día le costaba más trabajo. Por fin, una tarde, su marido (a quien nunca, por ningún motivo, le había vuelto a dirigir la palabra desde aquella noche), que estaba ante el ventanal del sur, vio que se caía en el paseo. Bajó inmediatamente a levantarla, pero ella lo rechazó cuando se inclinaba sobre ella, y mirándolo fija y fríamente dijo: «Moriré aquí, en mi paseo. Y seguiré paseando por aquí aunque esté en la tumba. Me pasearé por aquí hasta que se haya humillado el orgullo de esta casa. ¡Y que los Dedlock estén atentos a mis pasos cuando esté a punto de caer sobre ellos la calamidad o el deshonor!».

Watt mira a Rosa. Rosa, en la oscuridad cada vez mayor, mira al suelo, mitad por miedo y mitad por timidez.





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