Casa desolada

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CAPÍTULO VIII

QUE ABARCA UNA MULTITUD DE PECADOS

Resultó interesante, cuando me vestí antes del amanecer, mirar por la ventana, donde mis velas se reflejaban como dos faros en los cristales negros, y vi que todo lo que había más allá estaba todavía envuelto en la misma densidad que anoche, ver después cómo iba cambiando con la llegada del día. A medida que se iba aclarando gradualmente la perspectiva, y se revelaba la escena que había recorrido el viento en la oscuridad, igual que mi memoria había recorrido mi vida, sentí placer al ir descubriendo los objetos desconocidos que me habían rodeado durante el sueño. Al principio, apenas si eran discernibles en la neblina, y sobre ellos seguían brillando las últimas estrellas. Pasado aquel pálido intervalo, la imagen empezó a ampliarse y a llenarse a tal velocidad que a cada nueva mirada podía encontrar suficiente para seguir contemplando durante una hora. Imperceptiblemente, mis velas se fueron convirtiendo en la única parte incongruente de la mañana, los puntos oscuros de mi habitación fueron fundiéndose y el día brilló sobre un paisaje animado, en el cual se destacaba la vieja iglesia de la Abadía, con su enorme torre, que lanzaba sobre la vista una cola de sombra más suave de lo que parecía compatible con su rudo aspecto. Pero (según espero haber aprendido) de exteriores ásperos, muchas veces proceden influencias serenas y dulces.


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