Casa desolada

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Continuó con estas fantasías en el tono más animado y por terrenos muy emotivos, y nos divirtió mucho a todos, aunque, una vez más, parecía darle un cierto sentido serio, en la medida en que era posible en él. Los dejé a todos mientras seguían escuchándolo, y me retiré a desempeñar mis nuevas funciones. Llevaba algún tiempo en ellas, y estaba haciendo mi recorrido de vuelta por los pasillos, con mi cesto de llaves al brazo, cuando el señor Jarndyce me llamó a un cuartito junto a su dormitorio, que resultó ser en parte una pequeña biblioteca y archivo, y por otra todo un pequeño museo de sus zapatos y botas, y sombrereras.

—Siéntate, hija mía —dijo el señor Jarndyce—. Debes saber que éste es mi Gruñidero. Cuando estoy de mal humor, vengo aquí a gruñir.

—Debe usted de venir aquí muy pocas veces, señor —contesté.

—¡Ay, no me conoces! —replicó él—. Cuando me siento engañado, o desilusionado por… el viento, y éste es de Levante, me refugio aquí. El Gruñidero es la habitación más utilizada de toda la casa. Todavía no sabes los malos humores que me dan. ¡Pero, hija mía, estás temblando!


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